martes, 16 de octubre de 2007

Desmemorias


En los buses repletos, recuerdo el contacto con la suave piel, el llanto levemente gutural, como la voz de Piaf. Precioso a los oìdos, quiero seguir oyéndolo. Arrancarlo con una torsión delicada al principio apenas rozando la piel , pero firme. Màs fuerte, subyugàndose al placer hasta que la queja se proyecta en el aire y su oìdo se llena de ese agradable sonido que es el llanto de dolor de un niño. La sorpresa. Lo nexplicable. Làstima que aùn no sienta el placer también de sentirse victimizado. Luego serà màs fácil. Casi una costumbre-- quizá lo recuerde vagamente asimilàndolo a alguna fantasìa o pesadilla, o sueño adolescente con el rostro arrebolado en medio de una estrenada polución sexual--. Quizà. Yo no sè. Yo me alejo en la anonimia esperando que quizá. Quizà un dìa llegue nuevamente su piel bajo mis uñas. (a propósito ¿còmo evitar que la sangre se quede pegada entre la piel y las uñas? anotar y resolver ).
Hundirè mi dedo hasta lo màs profundo de tu entraña y te pulsarè el corazón. Con mi dedo de madre, con mi boca de madre, con mi lengua de madre que se mete en tu boca buscàndo la tuya. Y es tan tibio ese pequeño agujero con la sonrisa infantil creyendo que es un juego delicioso saborearte, mientras te cargo en mis brazos firmes sobre pasos ebrios enfilo rumbo recto hasta el hogar, a casa, la puerta cerrada que debo desencajar de nuevo. Maldita memoria! Las llaves olvidadas sobre la cama otra vez.